13 sept. 2013

Los últimos hippies de España llegaron en furgo y autocaravana

Tenemos agua, sol, árboles, energía positiva... Allí arriba Sierra Nevada, abajo el Mediterráneo... Esto es el paraíso». María es una hippie y su paraíso está en Órgiva, en la Alpujarra granadina. Es vecina de Beneficio, uno de los tres asentamientos hippies de este municipio en las faldas de la cara sur de Sierra Nevada. Como ella, miles de almas, de paso o sedentarios, han hallado su cielo terrenal en estas escarpadas tierras desde que, en los años setenta, comenzaron a ocupar cortijos abandonados y laborar sus tierras, en armonía con la naturaleza y con sus congéneres.

Aunque algo más tardío, el fenómeno hippie comenzó en la Alpujarra de forma similar al de Ibiza, pero con menos alharaca y sin reflejo en el cine. «Nos chocaba un poco, pero bueno, quien más quien menos los había visto por la tele...», echa la vista atrás María Ángeles Blanco, alcaldesa de Órgiva. «Esta comarca siempre ha sido acogedora porque históricamente ha tenido gentes de paso y gentes diferentes», explica la regidora socialista de la 'capital' de la Alpujarra, con casi seis mil vecinos censados. «Y unos dos mil sin censar porque van y vienen, extranjeros que están una temporada aquí porque se vive muy bien y luego se vuelven otro tiempo a trabajar».

Uni, parisina ya sexagenaria, mantiene muy vívida su llegada, rebotada de Ibiza, hace ya 35 años. «Vinimos tres parejas porque Ibiza perdió su esencia. Mucha gente, mucho turismo, precios caros...». A la isla había viajado desde París, tras participar en las revueltas de Mayo del 68. «Pensamos que podíamos cambiar el mundo... y acabamos por irnos porque París no era adecuado para vivir nuestros valores. Muchos fueron a la India, a Suramérica... Yo estuve en Ibiza hasta que fue insoportable», argumenta su fuga. Era 1978, tenía 30 años y «alguien nos habló de que existía esto, que había unos monjes budistas...». Vino y se encontró una Alpujarra casi virgen. «Fuimos arriba, a Carataunas, a una cortijada con las casas derruidas, sin electricidad y solo senderos», describe el inhóspito panorama, que a ella se le antojaba «perfecto». Hicieron una minicomunidad autosuficiente, comían lo que daba la tierra y dedicaban el tiempo libre a meditar, a cantar y a la artesanía. Tenían un burrito con el que bajaban a Órgiva y acarreaban mercancías. Aprendió también a utilizar las plantas como medicina y como aroma de perfumes y jabones, como los que ahora vende en el mercadillo. «Las mujeres de aquí nos enseñaron a hacer jabón, teníamos buena relación», cuenta esta curtida mujer de larga y ya blanca melena. A los tres años nació el primero de sus dos hijos, «de forma natural, sin problemas: velas, agua limpia, toalla y tijeras... en dos horas todo hecho», rememora el parto.

Creció su familia y creció su minicomunidad. Llegaron amigos, y luego amigos de los amigos... Así en todos los repoblamientos. El boca a boca convirtió a Órgiva y sus alrededores en referencia para los hippies. Resucitaban cortijadas abandonadas por los autóctonos en el éxodo de los años 50 y 60, ponían la tierra a producir, llenaban de color y música la Alpujarra...

Llegan los 'travellers' 
Otro hecho, en los años 80, contribuyó al 'llenazo': la ilegalización en el Reino Unido del fenómeno 'traveller', miles y miles de jóvenes en autocaravanas y furgonetas de aquí para allá montando campamentos y festivales de música. Muchos optaron por irse con la música a otra parte más permisiva y la encontraron en el sur, en Portugal y España. Y la Alpujarra fue uno de sus destinos más populares. Así crecieron también Beneficio, Los Cigarrones y El Morreón, los tres asentamientos hippies de Órgiva que toman el nombre de los valles donde se levantan.

A Beneficio se ha mudado ahora la pionera Uni. Después de muchas visitas, porque John y Marion, la pareja inglesa fundadora en 1987 de esta comunidad, la más genuinamente hippie de España, eran sus amigos desde aquellos primeros tiempos. «Arriba la vida es muy dura. Tengo la misma ilusión, pero ya no soy joven», justifica el traslado. Uni es vecina de María. María Benítez, francesa hija de andaluces emigrantes. En la paz de Beneficio intenta curarse las heridas de una 'guerra' familiar que le mantiene lejos de sus tres hijos. Aquí ha encontrado otra familia. De hecho, la comunidad hippie de Beneficio es una Rainbow Family, familia arcoíris, movimiento hippie nacido en Estados Unidos en 1972 que preconiza la no violencia, la vida en libertad y en armonía con la naturaleza, sin jerarquías, y que organizan encuentros locales, nacionales y mundiales. «Beneficio ya es tierra liberada», anuncia Estefanía, italiana, una de las veteranas. Liberar la tierra significa en idioma 'rainbow' comprarla y ponerla a disposición de todos. Lo consiguieron a base de donativos. Es una zona idílica, un pequeño valle con gigantescos eucaliptos y cortado por un riachuelo. Arriba, un manantial llena de agua potable una gran alberca junto a una gran cascada. Tipis, yurtas y cúpulas geodésicas se mezclan con otras autoconstrucciones de madera, piedra, barro e incluso paja. Y también tiendas de campaña de quienes llegan para estancias cortas. «Puede venir cualquiera que respete las normas que tenemos», anuncia Estefanía, antes de enumerarlas: «Ni alcohol, ni drogas duras, ni armas, y total respeto por la naturaleza». Y por supuesto, sin discriminación por raza, sexo o religión. Todas los credos están permitidos. Aunque símbolos, los únicos que se ven son orientales, hinduistas y budistas principalmente.

Junto a una casa adornada con banderines tibetanos, un gurú hindú de larga barba disfruta de los últimos rayos de sol después de tomar un baño desnudo en el riachuelo. Su nombre es Kalpeshwar Giri, pero todos le llaman Baba. Su tez blanca, pelo rubio y ojos azules delatan su origen germano. Se licenció en Indología en Alemania y partió a la meca espiritual de los hippies. «Ayuné dos años, solo bebía té», asegura en perfecto español, uno de los siete idiomas que domina, entre ellos el sánscrito. Es un Naga Baba, un eremita guerrero de la diosa Shivá. Ha estado en la mítica comuna de Christiania, en Copenhage, y ahora en Beneficio ejerce de sanador y consejero nutricionista. Y tiene fama de ofrecer un estupendo té aliñado con gengibre a todo el que se acerque a su yurta. Tras el té, Baba llena ceremoniosamente su shilim -una especie de pipa- con la 'hierba sagrada'. La comparte con 'los Cordobeses', un trío oriundo de la capital del Califato que mañana deja la comunidad. «Vamos a hacer agricultura ecológica en un cortijo con un señor mayor que nos da techo y comida», explica el más locuaz. Como ellos, otros miles han pasado por la comunidad Rainbow más grande de Europa, unos por unos días, otros por unos meses, otros por unos años... «Aquí dejamos un huerto sembrado de patatas. Cuando estén gordas que las cojan...».

Compartir alimento, otra de las normas no escritas de Beneficio. Cuerpos esbeltos y fibrosos dan fe de que en su dieta no hay excesos. Sobre todo en la comida del Big Lodge, el gran tipi comunitario, a la que convocan cuatro sonoros bocinazos de caracola, ahí son estrictamente vegetarianos. Cada uno en su casa si acaso se permite huevos y lácteos. Igual cuidado que con lo que entra en su cuerpo tienen con lo que sale de él: las letrinas son fábricas de compost para abonar sus huertos. Y la huerta comunal, junto al Big Lodge, está diseñada en espiral, «se llama 'reiki', y es para recoger la máxima energía», ilustra María. Tras la comida comunitaria pasan el 'sombrero mágico', en el que cada uno echa lo que quiere o puede para los gastos. Otro pilar de la comunidad Rainbow es la asamblea circular en la que deciden por consenso: todos opinan cuando les llega el 'talking stick' (el palo que habla), que pasa de mano en mano. «Así invitamos a irse a uno que se comportaba de forma violenta», cuenta María. Con ella recorremos el sendero que sube valle arriba. Saludamos a Marco, músico reggae padre de seis hijos, que nos abre y se disculpa amablemente porque tiene a uno de ellos resfriado en la cama. Muy cerca vive Fanny, joven rumana en evidente estado de gestación. «Es niña, me faltan cinco semanas y nacerá aquí», dice con la seguridad de quien será atendida por otras madres con experiencia. Su primer vástago se sumará al centenar largo de niños que han venido al mundo en Beneficio. Cerca, en una explanada, un par de madres juegan con sus pequeños, uno corretea mientras el otro intenta mantener el equilibrio sobre una bicicletilla. «Comen muy bien, están limpios y sanos, son felices», aseguran las jóvenes progenitoras. «En verano van descalzos porque quieren y les gusta sentir la tierra bajo sus pies...».

Seguimos camino arriba con María. «Allí vive Peter Pan», señala. «Es inglés, se llama Peter y hace pan», explica el apodo. «Y aquella yurta tiene wifi, dos euros por una hora, un euro si es con tu ordenador». La primitiva tecnofobia hippie se ha atemperado. La Rainbow Family tiene su web y Beneficio la propia. Es el modo habitual para comunicarse y convocar encuentros. Y en muchos hogares los electrodomésticos 'comen' de paneles solares y el butano enciende hornos y calienta duchas. Tele, ordenador, incluso 'nintendos' para los niños no son ya extraños.

Sí siguen fieles a las tres 're': reciclar, reparar, reutilizar. El jueves, en el mercadillo de Órgiva, el 'reciclaje' llega a su máxima expresión. Grupos familiares de hippies recorren los puestos de frutas y hortalizas para recoger lo aprovechable entre los desechos. Y algunos vendedores 'pagan' con productos la ayuda para cargar el camión.

«Todo menos problemas»
El mercadillo también resalta el mosaico social orgiveño. Unos hippies hacen compras o 'reciclan', otros venden sus artesanías. Madres con sus niños en los columpios, grupos con flautas, guitarras y tambores... Llama la atención la abarrotada terraza del café Baraka con los camareros sirviendo kebabs, cous-cous, ensaladas, zumos e infusiones entre clientes con rastas y ropas coloristas. Su propietario es otra peculiaridad local, Qasim, un bilbaíno que llegó hace una década después de dejarlo todo, «hasta el Athletic», tras convertirse a la fe de Mahoma. Una sonrisa se dibuja en su cara cuando se le pregunta sobre su clientela: «Como ves, hay de todo, menos problemas», zanja.

Tampoco la alcaldesa de Órgiva cree que haya mayores problemas por contar con una población tan peculiar. «Los índices de delincuencia son menores que en núcleos similares», ilustra María Ángeles Blanco, de 53 años. No oculta que los hippies han protagonizado algún suceso, pero asegura que no más que el resto. «Viven de otra manera, pero no generan problemas especiales», concluye. La regidora prefiere incidir en lo positivo que supone para el municipio la multiculturalidad y la diversidad de sus vecinos. «Una amiga de mi hijo es de origen inglés y está casada con un alemán. Pues su hija de tres añitos habla alemán con su padre, inglés con su madre y español con sus amigos y vecinos. ¡Tres lenguas nativas en un pueblecito perdido en la montaña!», se entusiasma Blanco.

El campamento hippie de Beneficio es una muestra de esta Babel lingüística que es Órgiva. Pero cuando cae la noche, la música pasa a ser la lengua común de sus habitantes. En el Big Lodge comienzan a oírse los ritmos. Retumban los tambores. Tambores de paz en la Alpujarra.

Fuente:  lasprovincias.es

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